AÑATUYA
16 de febrero de 2026
Carnaval tiene la culpa
Por: Redacción Añatuya Ciudad
Hay frases, como ésta, que quedan grabadas en el ADN de un pueblo. Antes de que el mundo se volviera un lugar de pantallas frías y contactos distantes, febrero en Añatuya tenía una alegría muy particular que comenzaba cuando alguien terminaba empapado de pies a cabeza, la sentencia era una sola, dicha entre risas compartidas: “¡Carnaval tiene la culpa!”.
El origen de esta frase
Indagar en el origen de esta frase es sumergirse en el cancionero popular y en la picardía criolla. La expresión parece nacer de las antiguas coplas y zambas carnavalescas que buscaban exculpar a los "jugadores" de cualquier exceso. Si te mojaban el vestido nuevo, si te manchaban con harina o si terminabas en las cunetas embarrado, no había lugar para el enojo. La culpa no era del vecino, ni del primo, ni del audaz que lanzaba el primer baldazo; la culpa era de esa entidad mágica y temporal llamada Carnaval, que suspendía las reglas de la formalidad para darnos permiso de ser niños otra vez.
Quizás fue hasta finales de los años 80, cuando el ritual aun era sagrado. Comenzaba con un almuerzo bajo la sombra de la parra. De repente, el silencio del calor santiagueño se rompía con el chirrido de un sifón de vidrio descargando soda en el más fiestero de la familia y dando el disparo de salida para jugar!. De un momento a otro, los adultos perdían la compostura se convertían en niños. Se corría por los patios de ladrillo, se esquivaban los malvones y la batalla se trasladaba a la vereda. Allí, el vecino que pasaba —o que simplemente espiaba— terminaba irremediablemente contagiado (y empapado). Era una fiesta barrial, colectiva, donde el agua, aunque a veces justa, sobraba para bautizar la alegría.
La mística del "Recreo del Chamamé"
Esa euforia de la siesta era solo el preludio que nos preparaba para la noche. Quién no recuerda los bailes en Romacho, en aquel emblemático "Recreo del Chamamé". Allí, el festejo era con bombitas de agua, bolsitas con harina y las témperas de colores que eran el maquillaje oficial de la noche. Nadie se salvaba: desde el que estaba sentado en las clásicas sillas de madera hasta el que daba vueltas bailando en la pista de mosaicos. Mientras en el escenario el ritmo lo ponían Los Masters o Los Flamantes de Añatuya, las caras pintadas y las ropas blancas de engrudos, sellaban el festejo, la alegría y donde el tiempo se detenía.
Hoy, en tiempos de celulares que capturan todo, evocar el "Carnaval tiene la culpa" es un llamado a la nostalgia, pero también una invitación. Qué lindo sería recuperar esa forma de celebrar: la de la puerta abierta, la del juego sano, la de la familia y la comunidad unidas por un baldazo de agua y risas compartidas.
Porque al final del día, si terminamos con el alma contenta y la ropa empapada, ya sabemos a quién señalar. Total, el Carnaval siempre tendrá la culpa de nuestras mejores alegrías.
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