CULTURA
22/10/2026
Un pequeño milagro de irresponsabilidad: elogio de la recomendación de libros
Fuente: Netfan Servicios
Por amigos, por los medios, por un librero, por una tapa atractiva. ¿Llegamos solos a los libros? Aquí, algunos datos que aclaran cómo es el camino. Y lo celebran
A fines de los años setenta, una chica caminaba con sus abuelos por la calle Florida y hacía siempre las mismas dos paradas. La primera era la confitería Richmond, por los tostados mixtos. La segunda era El Ateneo, donde trabajaba un librero de guardapolvo azul que se trepaba a una escalera de madera, altísima para ella, y bajaba libros de los estantes de arriba. Antes de elegir le preguntaba qué temas le interesaban. Una vez bajó María Antonieta, de Stefan Zweig, que se convirtió en el libro favorito de la chica y que leyó y releyó durante años. Sus abuelos, además, le compraban los libros que veían reseñados en el suplemento cultural de La Nación cuando pensaban que podían interesarle. Esa chica es hoy una de las lectoras que me escribieron cuando les pedí, para esta nota, que me contaran quién las había hecho lectoras. Desde aquellas tardes, dice, siempre buscó recomendaciones, y por eso ahora va a clubes de lectura. En un solo recuerdo están el librero, la crítica, la familia y el club.
La Encuesta Nacional de Consumos Culturales que el Ministerio de Cultura de la Nación publicó en 2023 permite medir esa cadena con instrumentos más gruesos. A quienes habían leído al menos un libro en el último año les preguntó por qué habían elegido el último. Las respuestas, relevadas entre fines de 2022 y comienzos de 2023, se reparten así. El 24 por ciento lo eligió por el tema o el género. El 17 por ciento, porque lo sugirió la escuela o la universidad. El 11 por ciento lo leyó porque alguien se lo prestó; el 9, porque se lo recomendó un amigo, un familiar o un conocido; otro 9, porque se lo regalaron. Un 2 por ciento siguió el consejo de un referente político o religioso. Sumadas esas cinco vías, casi la mitad de los últimos libros leídos en la Argentina llegó a su lector por intermedio de otra persona.
La recomendación explícita, la de alguien que dice "leé esto", apenas llega al 9 por ciento y queda muy por debajo del tema, que es una decisión del propio lector. La encuesta tampoco tiene casilleros para el librero, el crítico, el club de lectura ni el video de un desconocido en una red social; si esas figuras aparecen, están disueltas en "un conocido" o fuera del registro.
En el principio está la pregunta de "qué leer", que tiene una dimensión material. Las novedades que pasan por la mesa de una librería en un mes exceden lo que un lector constante puede leer en un año, y a eso se suma todo lo publicado antes. Frente a esa desproporción, alguien tiene que hacer una selección, y la pregunta relevante es quién. El catálogo de una plataforma de venta resuelve el problema con una lógica de continuidad: a quien compró un policial nórdico le ofrece otro policial nórdico. Funciona, en el sentido de que vende. Lo que no puede hacer es proponer el desvío, el libro que nada en el historial del comprador permitía anticipar.
Eso hacía el librero de El Ateneo desde su escalera. La recomendación tiene una geografía, y donde existe, el librero que sabe trabaja con dos inventarios a la vez, el de sus estantes y el de la persona que tiene enfrente. Pregunta qué fue lo último que le gustó a su cliente y por qué, escucha la respuesta, y a veces la contradice.
Lo mismo vale, con matices que me tocan de cerca, para quienes recomendamos libros en un diario o en la radio. La recomendación periodística es pública y está firmada, y viaja más lejos de lo que su autor puede seguir. Otra de las lectoras escuchó una vez, en un programa de radio, la mitad de una recomendación. Le llamó la atención y la dejó pasar. Un rato después sortearon ese libro y lo ganó. Cuando fue a retirarlo a la librería le ofrecieron cambiarlo por otro, y no quiso. Era Stoner, de John Williams. Lo leyó en dos noches y desde entonces, escribe, es el libro que recomienda "una y otra vez" a todo el que pasó los cuarenta y le pide un consejo. Una mención radial escuchada a medias terminó convertida en una cadena de recomendaciones que nadie en aquel programa va a conocer. Ese alcance vuelve más seria la condición de la que depende el valor de la crítica: la capacidad de decir que no.
Un crítico que celebra todo lo que lee no transmite información; su entusiasmo deja de distinguir. Empujan en esa dirección los ejemplares que envían las editoriales, la amistad con autores, la sospecha de que una reseña negativa de un libro pequeño es un gesto desproporcionado en un mercado frágil. Cada una de esas razones se entiende y uno tiene que hacer esfuerzos por separar las cosas. En mi caso, hago algo que casi nunca falla: si yo compro el libro, si voy hasta la librería y desembolso dinero ya sea para mí o para regalarlo a alguien que sé que lo va a disfrutar, lo recomiendo. Si no, lo dejo pasar. Suena mercantil, pero la pregunta que me hago es ¿por qué te haría gastar tu dinero si yo misma no gastaría el mío en comprarlo?
El librero y el crítico ejercen una autoridad, por pequeña que sea. La recomendación entre pares funciona sin ella. Quien le pasa una novela a una amiga no sabe más de literatura que ella; sabe otra cosa, cómo es ella, qué la aburre, qué la hizo llorar en su lectura del verano anterior. La recomendación entre pares tiene además un costo que la vuelve confiable. La lectora que reparte Stoner entre sus conocidos apuesta algo cada vez que lo nombra. Esa confianza regula el circuito mejor que cualquier sistema de estrellas. Y produce un efecto que las demás formas no producen: un libro recomendado por alguien querido se lee en parte para entender a esa persona.
Después de cerrar el libro está la conversación, y ahí la colectividad de la lectura se vuelve literal. Los clubes de lectura hoy se reúnen en bibliotecas, librerías, casas particulares y grupos de WhatsApp. Los hay coordinados por escritores o profesores, con cuota mensual y programa, y los hay entre amigas que se turnan la casa y la elección del título. Una de las lectoras que me escribieron llegó a un taller de lectura virtual durante la pandemia, invitada por una amiga. Ahí leyó Seda, de Alessandro Baricco, Alma partida, de Akira Mizubayashi, y Si esto es un hombre, de Primo Levi, y cuenta que el grupo le abrió "un espacio para viajar por distintos lugares" que en esos meses de encierro le estaban vedados. En su relato se superponen dos recomendaciones: la de la amiga que la llevó y la del programa de lecturas.
La socióloga estadounidense Elizabeth Long, que estudió durante años grupos de lectura de mujeres en Houston, sostuvo en Book Clubs que la historia literaria los había ignorado porque contradecían la imagen del lector legítimo como un individuo solo con su libro, y que en ellos la interpretación se construye entre varios, con la vida de cada una como material de lectura. Los clubes imponen un ritmo común y una fecha, y con eso obligan a terminar el libro, que no es poco. Reúnen a personas que fuera de esa mesa tal vez nunca se hablarían. Obligan, sobre todo, a formular una opinión ante otros, y en ese trámite el lector descubre que el libro que leyó no coincide con el que leyó la persona sentada al lado: una vio una historia de amor donde otra leyó desamor. Y, digamos todo, un buen club de lectura es aquel en el que, de vez en cuando, alguien odia el libro y lo dice.
Queda el encuentro fortuito, que parece lo opuesto de todo esto: el libro que nadie sugirió y que apareció sin ser buscado, en una mesa de saldos, en una casa que alquilamos un verano, en el estante de alguien que ya no está. Horace Walpole inventó, en 1754, una palabra para esos hallazgos, serendipia, a partir de un cuento persa sobre tres príncipes que descubrían por accidente lo que no estaban buscando. Pero casi siempre alguien preparó el terreno. Cuando otra de las lectoras tenía 13 años, su padre la hizo socia de la Biblioteca Popular de Trelew. No le recomendó ningún libro. Ella iba todas las semanas y elegía por el título, con la curiosidad amorosa de esa edad, y así llegó a El arte de amar, de Ovidio, del que todavía recuerda, o cree recordar, un consejo sobre las flatulencias en presencia del amado. En los mismos estantes encontró La guerra y la paz y libros de medicina sobre enfermedades psicosomáticas. "Gracias a mi papá soy lectora", escribe. El padre no eligió los libros. Eligió el lugar, que es otra manera de recomendar.
Otra lectora compró La sal, de Adriana Riva, solo porque le gustó la tapa, en colores pastel. Ninguna persona intervino, salvo quien diseñó esa tapa, cuyo trabajo consiste en recomendar desde la mesa de novedades sin decir una palabra. La novela le gustó, y lo que siguió fue otra vez una cadena: leyó los cuentos de Riva, su novela *Ruth* y el poemario *Ahora sabemos esto*, que cruza el vínculo entre madre e hija con la Odisea. Después recomendó La sal y la regaló. El encuentro que empezó a solas terminó en recomendación. Otra lectora me dijo que había recomendado varias veces El infinito en un junco, de Irene Vallejo y que no hubo una sola vez que no le hubieran agradecido la recomendación.
Y queda el libro prestado. El préstamo es la forma más antigua de la recomendación, y tiene una cláusula que las demás no tienen: el libro debe volver, aunque casi nunca pasa. Y, cuando vuelve, casi nunca lo hace solo. Trae una opinión, un desacuerdo, una página doblada, y con eso empieza otra conversación.
Recuerdo que un día, en un almuerzo familiar, mi madrina me dijo: "igual hacés lo que hacías cuando eras chica, siempre estabas recomendando y regalando libros". Pensar que uno llega solo a un libro es una forma oscura y un tanto soberbia de pensar la lectura. Todos nosotros llegamos a los libros por medio de alguien más, aunque más no sea una tapa en una mesa de saldos. Es más, llegamos porque alguien escribió y alguien decidió publicarlo, alguien lo leyó y decidió regalarlo, o prestarlo. También es cierto que muchas veces se publican libros que uno no entiende quién puede querer leerlos, pero ahí funciona muy bien la recomendación; a casi nadie se le ocurriría recomendar un libro malo a alguien que quiere.
Que un libro se venda no quiere decir que se lea, ni mucho menos que guste. Hay autores (y extrañamente editores) que se empeñan en publicar libros que nadie lee. Pero recomendar un libro que nos conmovió o que creemos que le va a gustar a alguien es otra cosa; es la forma humana más bella de la empatía y la mirada del otro. Claro que puede fallar, puede no gustar, puede desagradar, pero lo que no falla -o casi nunca falla- es la intención de compartir algo que nos hizo bien, que nos interpeló, que fue "el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros", como diría Kafka, y que, por eso, queremos que otros vivan. El mundo es un lugar demasiado hostil para ir por la vida pensando que cada uno se las tiene que arreglar solo para encontrar la belleza, y además no es cierto. Ese cinismo debe ser una de las formas más terribles de la soledad.
Mientras tanto, recomendemos belleza, recomendemos libros, que son una de las formas más humanas y complejas de no sentirnos solos.
Fuente: Netfan Servicios